Liebes Tagebuch

Thursday, May 24
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The sea seems to yell to me GO TO
YOUR DESIRE DON’T HANG AROUND HERE — For after all the sea must be like
God, God isn’t asking us to mope and suffer and sit by the sea in the cold at midnight for
the sake of writing down useless sounds, he gave us the tools of self reliance after all to
make it straight thru bad life mortality towards Paradise maybe I hope… But some
miserables like me don’t even know it, when it comes to us we’re amazed — Ah, life is a
gate, a way, a path to Paradise anyway, why not live for fun and joy and love or some
sort of girl by a fireside, why not go to your desire and LAUGH… but I ran away from
the seashore and never came back again without that secret knowledge: that it didn’t want
me there, that I was a fool to sit there in the first place, the sea has its waves, the man has
his fireside, period.
— Jack Kerouac- Big Sur

Monday, May 21
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Visita al dentista (Beim Zahnart)

Alemanes psicodélicos matan nervios.
Mi hija vivió en Barcelona.
Tras el cristal, un árbol que cubre el mundo.
Sprechen Sie Deutsch?
Drogas entonces,
muchas.
Todo va importando cada vez
menos.

La realidad se anestesia, yo estoy cada vez más despierto.
Ich will nicht den Zahn verloren
No está segura, nadie lo está.
¡Esto es un poema épico!
Tengo que escribirlo, escribirlo todo, no se puede
olvidar.

Me han disparado con un cañón en el cerebro.

Palabras difusas, risa.
El árbol se ha comido el mundo, ya solo queda
verde en el ambiente.
Schmerzt?
¿Cómo vivir sin anestesia? Todo duele demasiado.
El mundo exterior se aleja por fin.
Deja un olor a savia.

Danke schön.

En la calle un yonki se menea
como una sombra.
Nadie lo ve.
Una bala amarilla lo desplaza de lugar,
sigue perdido.


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Tuesday, May 15
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Not Waving But Drowning


Nobody heard him, the dead man,
But still he lay moaning: I was much further out than you thought,
And not waving but drowning.
Poor chap, he always loved larking,
And now he’s dead.
It must have been too cold for him his heart gave way, They said.
Oh, no no no, it was too cold always
(Still the dead one lay moaning)
I was much too far out all my life
And not waving but drowning.

— Stevie Smith- “Not Waving But Drowning”

Tuesday, May 8
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the apple

this is not just an apple
this is an experience
red green yellow
with underlying pits of white
wet with cold water
I bite into it
christ, a white doorway…

another bite
chewing
while thinking of an old witch
choking to death on an apple skin—
a childhood story.

I bite deeply
chew and swallow

there is a feeling of waterfalls
and endlessness

there is a mixture of electricity and
hope.

yet now
halfway through the apple
some depressive feelings begin

it’s ending
I’m working toward the core
afraid of seeds and stems

there’s a funeral march beginning in Venice,
a dark old man has died after a lifetime of pain

I throw away the apple early
as a girl in a white dress walks by my window

followed by a boy half her size
in blue pants and striped shirt

I leave off a small belch
and stare at a dirty
ashtray.

— Charles Bukowski. “the apple.” Play the Piano Drunk Like a Percussion Instrument Until the Fingers Begin to Bleed a Bit.

Saturday, April 28
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Absolución

La chica no es del todo mala, quiero decir, ella no sabía lo que hacía cuando empezó a criticar abiertamente mi actitud mientras yo terminaba mi desayuno, con ese tierno deseo de superioridad que todo ser poco dotado para la lucha dialéctica pone de manifiesto al intentar hablar con seguridad y fuerza sobre un asunto en el que, muy en el fondo, sabe que no tiene razón. Así pues, se valía de esa máxima tan infantil de que nombrar es crear para, por medio de una sucesiva repetición de mentiras, dar forma a un humo aglutinador de intereses que acabaron desembocando en un gigante de frágil esqueleto basado en los deseos más bajos de conseguir una victoria rápida que atendía a una necesidad primaria, esto es, salirse con la suya.

Teniendo en cuenta todos estos factores, mientras sostengo la media tostada que me queda en la mano, mientras miro a través de ella por la ventana, mientras oigo cómo un vecino lejano cierra con demasiado ímpetu la puerta de casa, no me queda otra alternativa que rendirme a mi propio análisis de la situación y decir “sí, tienes razón”. Su cara se ilumina de satisfacción. La mía se mancha un poco de mermelada. ¿Qué podría haber hecho si no? La condena del jugador que conoce todas las reglas de un juego complejo es observar, sin la posibilidad de cambiar la situación, cómo el resto de los jugadores no respetan las normas marcadas, protegidos por esa bendita inconsciencia que en comunidad les puede otorgar, como ocurre con demasiada frecuencia, la posesión de la verdad.

Tags:   #Tostadas #La mermelada está muy rica #Meh


Thursday, April 19
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James Dean

Tu pequeño bastardo rueda rápido por la carretera. Buscas acercar el horizonte, mover el tiempo con los dedos, hacia adelante, hacia atrás, quieto. El cuentakilómetros es un reloj a tu merced, cada vez más rápido, cada vez más lejos, cada vez más cerca, sólo el minutero te basta para comprobar que la vida se reduce a doscientos cincuenta kilómetros por hora, a cinco marchas y a tres pedales. El sol ilumina tu cara mientras tu Porshe baila una danza arrebatada sobre el asfalto, un porté eterno, una elevación grácil del hombre sobre el suelo y sí mismo, sobre las relaciones naturales de gravedad, de atracción y posesión.

El metal se estremece, el viento es una cuchilla amenazante que agita tu pelo, deslizándose por tu cara con una caricia fría, de muerte, de una nada que atraviesas y a la que te abalanzas decididamente. Las líneas blancas marcan tu camino, adelantas a las flechas que en el suelo indican una vía de destrucción negra, curvada, como una serpiente venenosa que agitada intenta enroscarse en sí misma para deshacerse de una presa con ínfulas de verdugo. Alejarte del oscuro reptil no es más que acercarte a su cabeza, introducirte en su boca y allí encontrar el pozo tibio, la mezcla espesa de veneno, sangre y gasolina.

En el horizonte, la sombra. Otra vida veloz llevada por los hados devora la carretera con un movimiento similar pero contrario, otro minutero, otros doscientos cincuenta kilómetros por hora que quedan reducidos a ninguno cuando se encuentran con los tuyos en un abrazo férreo de formas que se mezclan y se destruyen dando lugar al desastre, al deforme engendro en que se convierte tu coche, tu cuerpo, tu vida y tu muerte.

La tierra lanza un grito mientras tu cuerpo mezclado con el acero, la sangre, la gasolina, el viento y la velocidad se precipita por el aire con un movimiento erróneo, un mal paso que atenta contra la armonía de un lozano devenir de días y años que aún no se mostraba como devenir sino como fulguroso crujir vital. Sólo una rueda sigue girando irónicamente, aún sujeta por su eje, símbolo de lo que pudo ser, del movimiento perpetuo que no es tal, del llegar y el encontrar un nada que ahora ni siquiera es un no intuido.

Un último susurro se acerca a tus oídos, mezclado con la sangre… “mito”, se oye, “joven”, prosigue… y nada más, el silencio luego. Entonces lo comprendes: el tiempo huye irreparablemente, el tiempo es huir intentando reparar el tiempo, el tiempo es huir intentando reparar nuestra huida de rebeldes sin causa al este del Edén.


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La tumba

-Creo que aquí no te encontrarán.

El sol había caído hace unos minutos tras las montañas que, a lo lejos, dibujaban un paisaje extraño y oscuro; como gigantes, mostraban sus rostros a la mirada de un solitario hombre que se secaba el sudor de la frente con un pequeño pañuelo de color ceniza. A su lado, un montículo de tierra revelaba lo que había estado haciendo bajo el sol durante toda la tarde, cavar una profunda fosa.

Llegar hasta allí había supuesto para él un peligroso viaje, había dejado atrás sus pasos, perdiéndose entre árboles secos, algunos caídos, otros en pie, manteniendo en parte la imagen digna de la que otro día hicieron gala. El sol apenas le concedía un mínimo de luz para continuar con su tarea, de modo que se dirigió hacia una bolsa que había dejado sobre una roca cercana al decidir que aquél era el lugar más apropiado.

Dentro de la bolsa guardaba un quinqué que sacó con sumo cuidado, como si de un objeto mágico se tratase, colocándolo en el suelo de la fosa, que ya mostraba una profundidad considerable. La luz iluminó el agujero, que comenzó a brillar, bañando de luz las paredes, mostrando las profundas raíces de los árboles cercanos que habían quedado al descubierto con la labor del improvisado sepulturero. Pensó por un instante que las raíces parecían manos que, desde el fondo de la tierra, lo arrastrarían en cualquier momento hacia las profundidades. La luz del quinqué le recordó entonces a las llamas del infierno, lo que unido a la visión de aquellas aterradoras manos, perturbó su pensamiento, obligándole a salir de la tumba para comprobar que fuera el bosque seguía sereno, esperando a que él terminase su labor.

Reparó entonces, tras mucho tiempo, en su compañero, que descansaba junto a unos árboles, cubierto por la oscuridad, a salvo de la luz del fondo de la fosa. Desde que comenzó a cavar, no se había atrevido a mirarlo, evitando la posibilidad de que le devolviese la mirada, algo que con toda seguridad no habría sido capaz de soportar. No aún.

-¿Qué tal amigo? Espero que te guste el lugar que te estoy construyendo, pasarás aquí mucho tiempo. ¿Me guardas rencor? No, supongo que no. ¿Tienes miedo? Tranquilo, ya casi he terminado, mañana estarás aquí y yo me habré ido para siempre, nuestros caminos se separarán, ya era hora ¿no crees? 

Su soliloquio, en el silencio del bosque, se veía respondido por un lejano eco de su propia voz, lo que acentuaba su nerviosismo, haciéndole hablar más rápido, lo que, necesariamente, provocaba que el eco también se acelerase. Decidió guardar silencio para terminar aquello cuanto antes. Pronto la tumba estuvo terminada. Mirando hacia arriba desde el fondo de la misma, pudo intuir la luna tras las nubes.

-No me iré de aquí hasta que no te vea.

Salió con dificultad de la fosa y se sentó sobre el montículo de tierra. Volvió a mirar a su compañero, esta vez directamente a los ojos.

-¿Te has preguntado alguna vez qué hacemos aquí? Quiero decir… ¿Cuál es el sentido de todo esto? Llegamos al mundo sin saber nada, y cuando empezamos a encontrarle sentido, todo se acaba. Es lo que te ha pasado a ti, fíjate, creías que lo tenías todo en tu mano, que comprendías los misterios de la existencia, y no te dabas cuenta de que la vida estaba en otra parte, lejos de ti, de tu limitado entendimiento. Ya sé que el consejo llega demasiado tarde para ti, pero amigo, deberías haber aprovechado el tiempo, haber salido en busca de aventuras. Fíjate en mí, aquí, en medio del bosque, arrastrándote durante todo el día, cavando tu fosa durante toda la tarde y esperando a que la luna ilumine tu rostro para acabar con todo esto. Lamento no haber podido ayudarte antes, es una lástima. Finalmente, no vivir te ha costado la vida.

Dibujó una amarga sonrisa en su rostro, que volvió a desdibujarse cuando, sin levantar la mirada de los ojos de su compañero, observó cómo las nubes se abrían, iluminando su cara. La luz se reflejaba directamente sobre él, iluminando a su vez el rostro del sepulturero.

-Ahí estás. Esta luz te sienta realmente bien, pero es hora de acabar.

Con cuidado, lo colocó en el fondo de la fosa, salió de ella y se dispuso a cubrirlo de tierra.

-Adiós amigo.

Mientras arrojaba la tierra sobre el espejo, sus ojos se clavaban en sus propios ojos, aceptando que no había más opción que aquélla para lograr la felicidad.


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Tengo 32 años, pero nadie sabe, ni siquiera yo, cuánto tiempo he vivido. Nací (según los papeles y los hombres) en 1955 pero no sé si estaba vivo en abril del 69, en marzo del 80, en aquella mañana gris, mientras remaba en el lago tranquilamente sueco. Nadie sabe los años que tiene, nadie conoce su verdadera edad, todos mentimos cuando decimos: “Tengo 32 años y soy ingeniero”. Todos hemos estado muertos en el vientre estéril de la noche, cuando no podemos dormir y nadie pone un disco para que bailemos con las estrellas desnudas. Las horas nos entierran de repente, sobre nosotros crecen los minutos y las flores moradas de la alta montaña. Luego, de pronto, otras horas nos desentierran con un beso en la boca, una mano debajo del pantalón o una simple tormenta, la madre del rayo y del charco, la tormenta salvadora… Ahora sé que tengo pocos minutos y pocos años…
— Pedro Casariego, Poemas encadenados

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Tuesday, April 17
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The belief that a person has a share in an unknown life to which his or her love may win us admission is, of all the prerequisites of love, the one which it values most highly and which makes it set little store by all the rest. Even those women who claim to judge a man by his looks alone, see in those looks the emanation of a special way of life. That is why they fall in love with soldiers or with firemen; the uniform makes them less particular about the face; they feel they are embracing beneath the gleaming breastplate a heart different from the rest, more gallant, more adventurous, more tender; and so it is that a young king or a crown prince may make the most gratifying conquests in the countries that he visits, and yet lack entirely that regular and classic profile which would be indispensable, I dare say, for a stockbroker.
— Marcel Proust, In Search of Lost Time

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Sunday, April 8
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Wabisabi

Los japoneses tienen un concepto que los occidentales no alcanzamos a resumir de la misma forma. Ellos entienden el “wabisabi” como ese modo de vida que obtiene lo positivo de las desgracias cotidianas y que encuentra en el infortunio una forma de crecimiento personal. Nosotros somos más de dejarnos arrastrar por nuestras pasiones europeas, por esa tragedia tan nuestra y tan arraigada en nuestra alma que nos lleva a vislumbrar en cada momento dificil lo fatal que supura la urdimbre de acontecimientos que amenaza al hombre con destruirlo y no dejar de él nada más que polvo. Esta consciencia eterna y general convierte a la mayoría de los hombres en seres asustadizos que buscan con ardor una madriguera en la que esconderse. Una vez encuentran una lo suficientemente confortable como para garantizar la seguridad de sus moradores durante el resto de sus vidas, se sienten felices y llevados por este sentimiento, buscan reproducirse con el fin de hacer a otros partícipes de ese terror que llaman vida.

He decidido tomar este espíritu del wabisabi, caminar entre la gente sin miedo a lo que pueda ocurrirme, pues después de todo no soy más que un actor que inevitablemente tendrá que representar papeles cómicos y trágicos mientras el público va y viene, mientras los ensayos dan paso a las grandes noches de teatro, y donde los aplausos y los abucheos están -en ocasiones- a merced de la voluble y caprichosa apreciación de los espectadores. No hay máscaras que vestir, solo enfrentarse al mundo entendiendo que la tragedia es bella, y que a fin de cuentas sirve como indicador de que los engranajes están girando, creando esa distorsión irónica que provoca las situaciones más terribles y bellas que uno pueda imaginar. Un pobre chico, corriendo entre la multitud buscando esa belleza, mecido por las olas de acontecimientos que se abaten sobre él, eso soy yo. Aquí, perdido, no puedo oir más que a mi propia alma gritar de gozo por estar en medio de nada y de todo a la vez, por estar rodeada de toda esta gente, de todas estas cosas sucediendo, incomprensibles, injustificables, injuzgables.

El sinsentido es lo único que nos hace sentir vivos, la vida racional, aquella que responde a unas bases lógicas de seguridad y desarrollo emocional, acaba por volverse predecible, insoportable para aquellos malditos que no pueden estar y ser al mismo tiempo, que necesitan solo ser, ser un desastre constante que se mueve creando el caos a su alrededor. No busco yo únicamente este caos, también se me hace necesario un equilibro reparador, pero en ningún caso me asusta que la fatalidad se cierna sobre mí, estoy preparado, armado con la suficiente ironía como para pasar cualquier trago con una sonrisa. Esta vida no es para los cobardes -a ellos se les contenta con un sucedáneo-, esta vida es solo para aquellos que no se amedentran, que saben mirar a los ojos del miedo sin titubear ni un segundo, completamente seguros de que como seres creados en el desastre, cualquier infortunio les dejará en la boca un recuerdo de leche materna.


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Thursday, April 5
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My nerves are bad tonight. Yes, bad. Stay with me.
Speak to me. Why do you never speak? Speak.
What are you thinking of? What thinking? What?
I never know what you are thinking. Think.
— T. S. Eliot, The Wasteland

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Sunday, April 1
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Early in the novel [Anna Karenina], Anna meets Vronsky in curious circumstances: they are at the railway station when someone is run over by a train. At the end of the novel, Anna throws herself under a train. This symmetrical composition—the same motif appears at the beginning and the end—may seem quite “novelistic” to you, and I am willing to agree, but only on condition that you refrain from reading such notions as “fictive,” “fabricated,” and “untrue to life” into the word “novelistic.” Because human lives are composed in precisely such a fashion. They are composed like music. Guided by his sense of beauty, an individual transforms a fortuitous occurrence (Beethoven’s music, death under a train) into a motif, which then assumes a permanent place in the composition of the individual’s life. Anna could have chosen another way to take her life. But the motif of death and the railway station, unforgettably bound to the birth of love, enticed her in her hour of despair with its dark beauty. Without realizing it, the individual composes his life according to the laws of beauty even in times of greatest distress. It is wrong, then, to chide the novel for being fascinated by mysterious coincidences. … But it is right to chide man for being blind to such coincidences in his daily life. For he thereby deprives his life of a dimension of beauty.
— Milan Kundera, The Unbearable Lightness of Being

Sunday, March 4
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When I like people immensely, I never tell their names to any one. It is like surrendering a part of them. I have grown to love secrecy. It seems to be the one thing that can make modern life mysterious or marvelous to us. The commonest thing is delightful if one only hides it.
— Oscar Wilde, The Picture of Dorian Gray (via bookmania)

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Monday, February 27
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En cada etapa de su encarcelamiento había sabido Winston -o creyó saber- hacia dónde se hallaba, aproximadamente, en el enorme edificio sin ventanas. Probablemente había pequeñas diferencias en la presión del aire. Las celdas donde los guardias lo habían golpeado estaban bajo el nivel del suelo. La habitación donde O’Brien lo había interrogado estaba cerca del techo. Este lugar de ahora estaba a muchos metros bajo tierra. Lo más profundo a que se podía llegar.

Era mayor que casi todas las celdas donde había estado. Pero Winston no se fijó más que en dos mesitas ante él, cada una de ellas cubierta con gamuza verde. Una de ellas estaba sólo a un metro o dos de él y la otra más lejos, cerca de la puerta. Winston había sido atado a una silla tan fuerte que no se podía mover en absoluto, ni siquiera podía mover la cabeza que le tenía sujeta por detrás una especie de almohadilla obligándole a mirar de frente.

Se quedó sólo un momento. Luego se abrió la puerta entró O’Brien.

-Me preguntaste una vez qué había en la habitación 101. Te dije que ya lo sabías. Todos lo saben. Lo que hay en la habitación 101 es lo peor del mundo.

La puerta volvió a abrirse. Entró un guardia que llevaba algo, un objeto hecho de alambres, algo así como una caja o una cesta. La colocó sobre la mesa próxima a la puerta: a causa de la posición de O’Brien, no podía Winston ver lo que era aquello.

-Lo peor del mundo -continuó O’Brien- varía de individuo a individuo. Puede ser que le entierren vivo o morir quemado, o ahogado o de muchas otras maneras. A veces se trata de una cosa sin importancia, que ni siquiera es mortal, pero que para el individuo es lo peor del mundo.

Se había apartado un poco de modo que Winston pudo ver mejor lo que había en la mesa. Era una jaula alargada con un asa arriba para llevarla. En la parte delantera había algo que parecía una careta de esgrirna con la parte cóncava hacia afuera. Aunque estaba a tres o cuatro metros de él pudo ver que la jaula se dividía a lo largo en dos departamentos y que algo se movía dentro de cada uno de ellos. Eran ratas.

-En tu caso -dijo O’Brien-, lo peor del mundo son las ratas.

Winston, en cuanto entrevió al principio la jaula, sintió un temblor premonitorio, un miedo a no sabía qué. Pero ahora, al comprender para qué -servía aquella careta de alambre, parecían deshacérsela los intestinos.

-¡No puedes hacer esol -gritó con voz descompuesta-. ¡Es imposible! ¡No puedes hacerme eso!

-¿Recuerdas -dijo O’Brien- el momento de pánico que surgía repetidas veces en tus sueños? Había frente a ti un muro de negrura y en los oídos te vibraba un fuerte zumbido. Al otro lado del muro había algo terrible. Sabías que sabías lo que era, pero no te atrevías a sacarlo a tu consciencia. Pues bien, lo que había al otro lado del muro eran ratas.

-iO’Brien! -dijo Winston, haciendo un esfuerzo para controlar su voz . Sabes muy bien que esto no es necesario. ¿Qué quieres que diga?

O’Brien no contestó directamente. Había hablado con su característico estilo de maestro de escuela. Miró pensativo al vacío, como si estuviera dirigiéndose a un público que se encontraba detrás de Winston.

-El dolor no basta siempre. Hay ocasiones en que un ser humano es capaz de resistir el dolor incluso hasta bordear la muerte. Pero para todos hay algo que no puede soportarse, algo tan inaguantable que ni siquiera se puede pensar en ello. No se trata de valor ni de cobardía. Si te estás cayendo desde una gran altura, no es cobardía que te agarres a una cuerda que encuentres a tu caída. Si subes a la superficie desde el fondo de un río, no es cobardía llenar de aire los pulmones. Es sólo un instinto que no puede ser desobedecido. Lo mismo te ocurre ahora con las ratas. Para ti son lo más intolerable del mundo, constituyen una presión que no puedes resistir aunque te esfuerces en ello. Por eso las ratas te harán hacer lo que se te pide.

-Pero, ¿de qué se trata? ¿Cómo puedo hacerlo si no sé lo que es?

O’Brien levantó la jaula y la puso en la mesa más próxima a Winston, colocándola cuidadosamente sobre la gamuza. Winston podía oírse la sangre zumbándole en los oídos. Sentíase más abandonado que nunca. Estaba en medio de una gran llanura solitaria, un inmenso desierto quemado por el sol y le llegaban todos los sonidos desde distancias inconmensurables. Sin embargo, la jaula de las ratas estaba sólo a dos metros de él. Eran ratas enormes. Tenían esa edad en que el hocico de las ratas se vuelve hiriente y feroz y su piel es parda en vez de gris.

-La rata -dijo O’Brien, que seguía dirigiéndose a su público invisible, a pesar de ser un roedor, es carnívora. Tú lo sabes. Habrás oído lo que suele ocurrir en los barrios pobres de nuestra ciudad. En algunas calles, las mujeres no se atreven a dejar a sus niños solos en las casas ni siquiera cinco minutos. Las ratas los atacan, y bastaría muy peco tiempo para que sólo quedaran de ellos los huesos. También atacan a los enfermos y a los moribundos. Demuestran poseer una asombrosa inteligencia para conocer cuándo esta indefenso un ser humano.

Las ratas chillaban en su jaula. Winston las oía como desde una gran distancia. Las ratas luchaban entre ellas; querían alcanzarse a través de la división de alambre. Oyó también un profundo y desesperado gemido. Ese gemido era suyo.

O’Brien levantó la jaula y, al hacerlo, apretó algo sobre ella. Era un resorte. Winston hizo un frenético esfuerzo por desligarse de la silla. Era inútil: todas las partes de su cuerpo, incluso su cabeza, estaban inmovilizadas perfectamente. O’Brien le acercó más la jaula. La tenía Winston a menos de un metro de su cara.

-He apretado el primer resorte -dijo O’Brien-. Supongo que comprenderás cómo está construida esta jaula. La careta se adaptará a tu cabeza, sin dejar salida alguna. Cuando yo apriete el otro resorte, se levantará el cierre de la jaula. Estos bichos, locos de hambre, se lanzarán contra ti como balas. ¿Has visto alguna vez cómo se lanza una rata por el aire? Así te saltarán a la cara. A veces atacan primero a los ojos. Otras veces se abren paso a través de las mejillas y devoran la lengua.

La jaula se acercaba; estaba ya junto a él. Winston oyó una serie de chillidos que parecían venir de encima de su cabeza. Luchó curiosamente contra su propio pánico. Pensar, pensar, aunque sólo fuera medio segundo…, pensar era la única esperanza. De pronto, el asqueroso olor de las ratas le dio en el olfato como si hubiera recibido un tremendo golpe. Sintió violentas náuseas y casi perdió el conocimiento. Todo lo veía negro. Durante unos instantes se convirtió en un loco, en un animal que chillaba desesperadamente. Sin embargo, de esas tinieblas fue naciendo una idea. Sólo había una manera de salvarse. Debía interponer a otro ser humano, el cuerpo de otro ser humano entre las ratas y él.

El círculo que ajustaba la careta era lo bastante ancho para taparle la visión de todo lo que no fuera la puertecita de alambre situada a dos palmos de su cara. Las ratas sabían lo que iba a pasar ahora. Una de ellas saltaba alocada, mientras que la otra, mucho más vieja, se apoyaba con sus patas rosadas y husmeaba con ferocidad. Winston veía sus patillas y sus dientes amarillos. Otra vez se apoderó de él un negro pánico. Estaba ciego, desesperado, con el cerebro vacío.

-Era un castigo muy corriente en la China imperial -dijo O’Brien, tan didáctico como siempre.

La careta le apretaba la cara. El alambre le arañaba las mejillas. Luego…, no, no fue alivio, sino sólo esperanza, un diminuto fragmento de esperanza. Demasiado tarde, quizás fuese ya demasiado tarde. Pero había comprendido de pronto que en todo el mundo sólo había una persona a la que pudiese transferir su castigo, un cuerpo que podía arrojar entre las ratas y él. Y empezó a gritar una y otra vez, frenéticamente:

-¡Házselo a Julia! ¡Házselo a Julia! ¡A mí, no! ¡A Julia! No me importa lo que le hagas a ella. Desgárrale la cara, desconyúntale los huesos. ¡Pero a mí, no! ¡A Julia! ¡A mí, no!

Caía hacia atrás hundiéndose en enormes abismos, alejándose de las ratas a vertiginosa velocidad. Estaba todavía atado a la silla, pero había pasado a través del suelo, de los muros del edificio, de la tierra, de los océanos, e iba lanzado por la atmósfera en los epacios interestelares, alejándose sin cesar de las ratas… Se encontraba ya a muchos años-luz de distancia, pero O’Brien estaba aún a su lado. Todavía le apretaba el alambre,en las mejillas. Pero en la oscuridad que lo envolvía oyó otro chasquido metálico y sabía que el primer resorte había vuelto a funcionar y la jaula no había llegado a abrirse.

— George Orwell, 1984

Saturday, February 25
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Y la juventud, edad que sucede a la infancia,
¡cuán placentera es a todos! ¡Cómo es por todos
festejada! ¡Con qué solicitud se la ayuda y con
qué interés se le tiende una mano en su auxilio!
Pregunto yo ahora: ¿De dónde proviene este encanto
de la juventud sino de mí [la necedad], a quien se debe
que los que menos saben sean, por ello mismo,
los que menos se enojen?
Tendríaseme por embustera si no añadiese
que, a medida que el adolescente va entrando
en años y la experiencia de las cosas y el estudio
de las ciencias le hacen adquirir algunos conocimientos,
comienza también a marchitarse su
hermosura, a languidecer su gallardía, a enfriarse
su donaire y a disminuir su vigor. Cuanto
más se aparta de mí, menos va viviendo cada
día, hasta que, al fin, llega a la refunfuñadora
vejez, edad tan molesta, no solo para los demás,
sino también para sí mismo, que ningún mortal
podría soportarla si yo, compadecida nuevamente
de sus trabajos, no le echase la mano. Pues
como los dioses de que nos hablan los poetas,
suelen salvar en los peligros a sus protegidos mediante
alguna metamorfosis, así yo, cuando los
veo próximos al sepulcro y en cuanto me es posible,
los torno a la infancia; razón por la cual la
gente suele llamar a la vejez segunda infancia.
— Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura

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